martes, 8 de junio de 2010

Relevado por los Hermanos Green

Los viejos cuentos encierran la promoción de patrones de comportamiento humanos, que se verifican en las actitudes colectivas.

Y si fuera correcta, esa leve afirmación, que relato reiterado en el tiempo: No realizaría, la misma acción sobre la construcción social.

LOS TRES FAVORITOS DE LA FORTUNA

Un padre llamó un día a sus tres hijos, y les regaló: al pri­mero, un gallo; al segundo, una guadaña, y al tercero, un gato.

—Ya soy viejo—les dijo—, se acerca mi muerte, y antes de dejaros he querido asegurar vuestro porvenir. Dineros no tengo, y lo que os doy ahora quizás os parezca de poco valor; todo de­pende de cómo sepáis emplearlo. Que cada uno busque un país en el que estas cosas sean desconocidas, y vuestra fortuna estará hecha.

Muerto el padre, el hijo mayor se marchó con su gallo; pero dondequiera que llegaba, el animal era conocido: en las-ciuda­des lo veía ya desde lejos en lo alto de los campanarios, girando a merced del viento; y en los pueblos lo oía cantar. Su gallo no causaba la menor sensación, y no parecía que hubiese de traerle mucha suerte.

Llegó, por fin, a una isla, cuyos habitantes jamás habían visto un gallo, y que, además, no sabían distribuir el tiempo Distinguían, sí, la mañana de la tarde; mas por la noche, en cuanto dormían, nunca sabían qué hora era.

—Mirad—les dijo él—este apuesto animal, que lleva en la cabeza una corona escarlata, y en los pies, espolones como un caballero. Por la noche os cantará tres veces a una hora fija, y cuando lo haga por última vez. querrá decir que está ya para salir el sol. Y cuando cante durante el día, preparaos, pues, sin duda, habrá un cambio de tiempo.

A aquellas personas les gustaron las cualidades del gallo, y se pasaron una noche sin dormir, comprobando con gran satis­facción que anunciaba la hora a las dos, las cuatro y las seis. Preguntaron entonces al joven si estaba dispuesto a venderles el ave, y cuánto pedía por ella.

—El oro que pueda transportar un asno—respondióles.

—Es una bagatela, por un animal tan precioso—declararon unánimemente los isleños, y, gustosos, le dieron por el gallo lo que pedía.

Cuando el mozo regresó a su casa con su fortuna, sus dos hermanos se quedaron admirados, y el segundo dijo: ,

—Pues ¡«hora me marcho yo, a ver si logro sacar tan buen partido de mi guadaña.

No parecía probable, ya que por doquier encontraba campe­sinos que iban con el instrumento al hombro, como él. Final­mente, llegó también a una isla, cuyos moradores desconocían la guadaña. Cuando el grano estaba maduro llevaban a los campos cañones de artillería y los arrasaban a cañonazos. Pero era un procedimiento muy impreciso, pues unas bombas pasaban dema­siado altas; otras, daban contra las espigas en vez de hacerlo contra los tallos, con lo que se perdía buena parte de la cosecha; y nada digamos del ensordecedor estruendo que metían con todo aquello. Adelantándose el joven forastero, se puso a segar silen­ciosamente y con tanta rapidez, que a las gentes les caía la baba de verlo. Se declararon dispuestos a comprarle la herramienta por el precio que pidiese; y, así, recibió un caballo cargado con todo el oro que pudo transportar.

Tocóle la vez al tercer hermano, que partió con el propósito de sacar el mejor partido posible de su gato. Le sucedió como a los otros dos; mientras estuvo en el continente no pudo conse­guir nada, pues en todas partes había gatos, tantos, que a la mayoría de cachorros los ahogaban al nacer. Pero al fin se em­barcó y llegó a una isla en la que, felizmente para él, nadie ha­bía visto jamás ninguno, y los ratones andaban en ella como Perico por su casa, bailando por encima de mesas y bancos, lo mismo si el dueño estaba, como si no. Los isleños hallábanse de aquella plaga hasta la coronilla, y ni el propio rey sabía cómo

librarse de ella en su palacio. En todas las esquinas se veían ra­tones silbando y royendo lo que llegaba al alcance de sus dientes. Pero he aquí que entró el gato en escena, y en un abrir y cerrar de ojos limpió de ratones varias salas, por lo que los habitantes suplicaron al Rey comprase tan maravilloso animal para bien del país. El Rey pagó gustoso lo que le pidió el dueño, que fue un mulo cargado de oro; y, así, el tercer hermano regresó a su pueblo más rico aún que los otros dos.

En palacio, el gato se daba la gran vida con los ratones, ma­tando tantos, que nadie podía contarlos. Finalmente, le entró sed, acalorado como estaba por su mucho trabajo, y. quedán­dose un momento parado, levantó la cabeza y gritó: «¡ Miau, miau!». Al oir aquel extraño rugido, el Rey y todos sus corte­sanos quedaron aterrorizados y. presa de pánico, huyeron del palacio. En la plaza celebró consejo el Rey. para estudiar el pro­ceder más adecuado en aquel trance. Decidióse, al fin, enviar un heraldo al gato, para que lo conminara a abandonar el palacio, advirtiéndole que, de no hacerlo, se recurriría a la fuerza. Dije­ron los consejeros:

—Preferimos la plaga de los ratones, que es un mal cono­cido, a dejar nuestras vidas a merced de un monstruo semejante.

Envióse a un paje a pedir al gato que abandonase el palacio de buen grado; pero el animal, cuya sed iba en aumento, se limitó a contestar: «¡Miau, miau!», entendiendo el paje: «|no y no!»; y corrió a transmitir la respuesta al Rey.

—En este caso—dijeron los consejeros—Tendrá que ceder ante la fuerza.

Trajeron la artillería y dispararon contra el «castillo con bom­bas incendiarias. Cuando el fuego llegó a la sala donde se hallaba el gato, salvóse éste saltando por una ventana; pero los sitiado­res no dejaron de disparar hasta que todo el Castillo quedó con­vertido en un montón de escombros.

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